« Septiembre | Principal | vacio y redención, redención del vacio. »


Cuarenta millones de secretarias

Era algo así como Cefremea o Cefermea, no estoy seguro. Quizá nunca llegué a saber la palabra correcta porque por más que me sumergí en diccionarios llenos de polvo "rumano - lo que sea. lo que sea - rumano" no encontré nada que se le pareciera.

Para mí siempre fue Cefremea, yo lo había escuchado así ¿Qué más da que no fuera esa la palabra correcta?. Bueno, no siempre fue cefremea, antes no tenía nombre, por eso me impresionó que alguien, en otro idioma, se hubiera decidido a bautizar a esa extraña tristeza que parece que viene de la nada, que nos asola sin ningún motivo aparente. Cefremea. No me canso de decirlo. ¿Se nota verdad?

Quizá no era una respuesta, pero como mínimo era una excusa: a mi desgana crónica, a mi falta de iniciativa en cualquier aspecto de la vida, incluso a la frialdad constante de mis manos. Cefremea.

Pero todas las excusas, hasta las que nos ponemos a nosotros mismos (sobretodo esas), son patéticamente falsas. Y digo patéticamente porque son el día a día de nuestra cobardía (que por muy musical que suene, ya os digo que no es nada bueno).

Ahora, si alguien escuchase, se levantarían las voces, habría desmayos en la sala, alguien giraría la cabeza indignado y señalaría con el dedo: "Tú, niñato insignificante, ¿vas a arremeter contra un idioma que existe antes de que nacieras? ¿Te atreverás a menospreciar una palabra que ha conseguido expresar el sentimiento de veintiocho millones de rumanos en tiempos difíciles?".


Aquí es donde empieza esta pequeña historia. También podríamos decir esta mierda de historia, pero por alguna extraña razón eso la haría más interesante para muchos, carroñeros de lo melancólico, siempre buscamos alguna desgracia por encima de la nuestra (y siempre la hay) para soltarnos el rollo de estoy-mal-pero-otros-están-peor. Esta vez no, lo siento. Como máximo, encoger los hombros y olvidar para siempre.

El día y su suicidio involuntario. Antes de que se cortara las venas por cuarta vez aquella semana, alguien tenía que aprovechar los últimos minutos de luz natural para emplearse a fondo en la tarea de no hacer nada. Podríamos decir que sonó el teléfono, pero la magia dejó de existir hace mucho tiempo en algunos rincones de la ciudad, así que uno ha de provocarla de vez en cuando.

continuó....

Sirag.


"Quien habla no es quien escribe y quien escribe no es quien existe."

Roland Barthes

Posted by: Sirag en: Septiembre 22, 2005 03:48 AM Escribe un comentario












¿Recordar información personal?